Llamame por tu nombre, historias de casamientos
Este año comenzó de fiesta, nada más ni nada menos que
con el casamiento de mi hijo. A la antigua usanza, en casa, a pulmón, un trabajo
exhaustivo, un batallón de familia en los preparativos, emociones desenfrenadas,
llantos y peleas en cadena, amigos de acá y de lejos, memoria y nostalgia
descarriladas, fotos desarrugadas, abrazos desatados, carcajadas descontroladas,
mucha música y barullo. Hizo tanto calor que las velas se derretían sin encenderse
y las flores se marchitaban precipitadamente a pesar del intento del hielo en
los floreros. Pudimos apaciguar al viento que prometía estropear la velada al
mismo tiempo que a la policía que cacareaba protestas de vecinos lejanos. Tardamos
mucho en recuperar la normalidad y escribir esta historia plena de pasiones. El
amor se puso en una bandeja de plata, listo para respirar.
Recuerdo los casamientos de los 70’, acá en el valle.
Cuando era chica fui a uno que se había hecho en la cámara vacía de un
frigorífico. Era gigante. Una mesa larguísima llena de chacareros gallegos,
pues se casaba una de las hijas Martínez. Fue alegre y divertido, con baile y
orquesta en vivo. Y abarrotado de manjares como lechones y jamones. A los
chicos nos libraban al juego indiscriminado de corridas e invenciones sin
empacho alguno y el disfrute de la fiesta aun me dura.
En los 80’ fue el de mi hermano Omar y Claudia, su novia
desde que iban a la secundaria. El festejo fue en el flamante comedor
universitario al que tuvimos que decorar sus paredes porque aun no estaban
revocadas. Mi madre cosió tantos manteles que todavía están dando vueltas por
nuestras mesas. Unos amigos de Bariloche trajeron una torta descomunal. Las
tías de Claudia, descendientes de libaneses, hicieron el mejor kepi que comí en
mi vida. Contratamos a los Perego, una orquesta cipoleña familiar, que tocó una
diversidad de música espléndida. Recuerdo que bailé con Omar una polka
desenfrenada de punta a punta del salón. Vino el tío Guillermo, presente en
todos los momentos importantes de nuestras vidas y con quien comparto desde
siempre las confidencias y los secretos de familia. ¡Cuánto nos reímos del cura
jovencito que se distraía con mi vestido minifalda que era colorido como un
papagayo!
En los 90’ me tocó casarme a mí. Con Roberto decimos que
fue un casamiento que duró varios días al “estilo gitano”. Vinieron de lejos abuelos,
tíos y primos; así que hubo que hacer varios encuentros para aprovechar de
estar todos juntos. El día 1 después de la ceremonia, almorzamos en el quincho (y
taller literario) de mi casa y hubo una sobremesa que fue extendiéndose hasta
la noche cuando llegó la Banda Municipal de Música a la que yo aun integro; y
en el patio se desplegaron micrófonos, trompetas, teclado, batería y se desató
un baile colosal. Mi padre, que decidió
hacer un asado, no sabía qué más tirar a la parrilla. Iban llegando
espontáneamente cada vez más amigos, vecinos, alumnos y compañeros de trabajo.
El día 2, por la noche y en el salón de un Sindicato, fue la fiesta propiamente
dicha que duró hasta el otro día, el día 3. Con almuerzo incluido mientras
limpiábamos el salón y mate con torta por la tarde, fuimos progresivamente
desprendiéndonos de los parientes que se iban despidiendo y retornando a sus
pagos. Inolvidable.
Y de los 2000’ también me dura el disfrute del casamiento
de mis amigos, Viqui y Seba, que fue eterno porque lo planeamos en todos sus
pasos con mucha anticipación. Elegimos la música y los textos; y escribimos
discursos y peroratas, saliendo todo en absoluto cronograma. La llegada en el
auto antiguo, la ceremonia en la pérgola, el asado a punto, el baile
descomunal, la cuantiosa bebida que hizo olvidar el final de la fiesta. Y lo
más desopilante, que fue: el día después, cuando todos los parientes subieron a
un colectivo alquilado para iniciar la “luna de miel”, un paseo envidiable por
los paisajes sureños que la pareja quería volver a vivir acompañada de su
tribu. Me río al pensar que me parece haberlo vivido muchas veces. Es tan
nítido todo y tan gozoso al mismo tiempo, aunque de ésto ya han pasado 20 años.
Como estoy haciendo rodar mi memoria sin fin, me acuerdo de que cuando ellos se casaron me contaron una historia bellísima de los abuelos de Seba. El abuelo de Seba, Julio, era hijo de polacos, vivía en Buenos Aires; y como todo buen judío que se preciara, sabía que novia, lo que se decía novia, había que irla a buscar al pueblo de Entre Ríos donde estaba la colonia de paisanos. Así que un día, pidió permiso a su patrón para irse antes y salió apretando el paso hacia el Once con una valija vacía (Atenti, porque este dato es importante). Pensaba, una chica buena que sepa servir porciones generosas, cantar en hebreo y criar hijos. Más tarde tomaría el tren y llegaría a la estación de ese pueblo. Caminaría despacitamente las 12 cuadras hasta llegar a la casa de su prima. Pero antes pararía en una vereda donde florecían las jovencitas más coquetas del pueblo. Aunque el ojo estaba echado en sólo una, Luisa, a quien le habló por primera vez. Él llevaba en la valija (esta vez llena) un vestido de novia de "creppe italiano de primera" con un velo y un dije. Tiempo después Seba me mandó una foto de casamiento de sus abuelos, con una frase: Hasta el día que murió Él le decía a Ella "mi vida" y Ella le decía a Él "mi amorcito", así solían llamarse.
Me encanta verme, encontrarme en las memorias de los
festejos. Festejando el amor, tan frágil y tan poderoso. Pero también
celebrando decisiones, interviniendo en las ceremonias íntimas y propias.
Convocando a los queridos y a los sueños. Todas formas de proyectarse. De ser
uno en el otro.
Así nació LLamame por tu nombre: un blend de té
negro de Assam, cascarilla de cacao, hojas de menta, flores de lúpulo y
manzanilla; y ralladura de nuez moscada. De carácter afrodisíaco…para tomar
de a dos. Guardé los tecitos como un tesoro (dentro de una pirámide hecha con
papel antiguo, con técnica de origami) que es también querer guardar toda la
paciencia, la pasión por lo simple. Y paso a paso en cada uno de los dobleces
repasar las aristas de los deseos, detenerse en la base, levantar las paredes,
cerrar y sostenerse.
Sostenerse, de eso trata el amor. Y sin embargo






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