De fiestas y tradiciones. De mates y miradas. Juremos con gloria vivir
Una red de mirada
mantiene unido al mundo,
no lo deja caerse.
Y aunque yo no sepa qué pasa con los ciegos,
mis ojos van a apoyarse en una espalda
que puede ser de dios.
Sin embargo,
ellos buscan otra red, otro hilo,
que anda cerrando ojos con un traje prestado
y descuelga una
lluvia ya sin suelo ni cielo.
Mis ojos buscan eso
que nos hace sacarnos los zapatos
para ver si hay algo más sosteniéndonos debajo
o inventar un pájaro
para averiguar si existe el aire
o crear un mundo
para saber si hay dios
o ponernos el sombrero
para comprobar que existimos.
Roberto Juarroz
Poesía Vertical – 1958
Postal del pueblo un 9 de Julio
La escarcha suspendida en el aire. Las voces congeladas
haciendo nubes alrededor de los labios. Los ojos nublados y vidriosos
dificultan la vista. Quiero mirar pero me lloran. Mirarte cómo me acomodás el
poncho. Mirar tu sombrero a punto de vuelo. Así, transitamos los festejos
patrios, en mi Patagonia árida, ventosa y gélida que deja a las banderas descoloridas,
entumecidas y deshilachadas. Hoy hay un pericón gigante que por nada en el
mundo me lo pierdo, porque tiene sabor a infancia, olor a chocolate caliente,
un espíritu que sale de una profundidad apenas conocida, que voy descubriendo
en mi andar, en mis miradas, en el paréntesis que hago en los trajes típicos,
las botas, los volados, las puntillas, los festoneados, los bordados, los
tejidos, las mantillas, las alforzas, las trenzas. Me tildo. Me descuelgo del
tiempo, del latido. Casi en cámara lenta, a ritmo de zamba, miro los ojos,
otras miradas, otras bocas, otras espaldas. Busco lo que quiero abrazar. Este
es el sentido de las celebraciones. Hay una cuadra y media de largo con varios
cientos de bailarines para elegir miradas. Aún así encuentro lo que no quiero
ver. Todo pareciera que el ojo está mal puesto. Me pongo insoportablemente
triste cuando esto ocurre. Distorsiona la nena que llora por el algodón de
azúcar. Desencaja el perro que cruza por el medio del baile y rompe la hilera.
Me enfrenta un hombre en bicicleta, le doy paso, leo el cartel que lleva:
“Malvinas 43 años”. Escucho a la profesora de folclore arengar a una alumna por
la camisa inadecuada. Busco la voz y a cambio, encuentro a un hombre con una
frazada de capa que mira sin ver. La nieve está cerca y el frío parece cortar
la piel. Duele mirar. Y porque nunca se es feliz del todo, sigo buscando. Y ya
no sé qué más sostener, ni quién me sostiene a mí. Y sin embargo.
Esta era la postal. Tal cómo se las describí. Cuando llegamos a un lugar para guarecemos, nos tomamos unos mates como es tradición en nuestros paseos. El refugio fue el interior del Centro Cultural, donde se presentaban los ponchos concursantes por el diseño de Poncho Rionegrino. Terminamos mirando el pericón desde allí. El mate reconforta, lo compartimos, lo hicimos rodar. Las manos volvieron a sentirse. Y en esa rueda de mate contamos que unos años antes habíamos recibido el 9 de Julio en Tucumán, donde en la calle comimos el mejor locro de nuestras vidas. Una experiencia maravillosa, mezcla de euforia, algarabía, historia y memorial de Mercedes Sosa. Frente a la estatua de la Libertad de Lola Mora cantamos a coro con gente desconocida con la que terminamos abrazados, en una comunión muy difícil de describir.
Estatua de la Libertad - Lola Mora - San Miguel de Tucumán
También recordé otro 9 de Julio que festejamos en la
escuela rural donde trabajé cuando era muy joven. Mis alumnos de 6to. me
enseñaron a bailar “el gato”. Uno de ellos era campeón de malambo y le sacó
chispas al piso. El acto no fue muy formal que digamos porque cual feria, yo
presentaba los bailes y los chicos, los juegos. Un juego fue una guerra de
trompos. Y lo más alucinante es que ellos mismos fabricaban sus trompos. Recuerdo
que ni bien se retiró la bandera de ceremonias, se largaron las empanadas y se
desató un baile descomunal. No faltó guitarreada y payadas. A media tarde se
arrancó con un campeonato de truco que fue todo un éxito y duró hasta bien
entrada la noche. Cómo habrá sido de bueno el festejo que quedó anotado en mi
cuaderno de actuación. Es gracioso contar eso hoy, más bien es una práctica
obsoleta la del cuaderno, pero así eran las cosas entonces, en la que nos
interesaban las felicitaciones de la directora.
Tengo una foto en la cabeza: la entrada de la bandera a caballo en Villa Llanquín, un 9 de Julio que pasé por allí. Otra foto: un desfile en dictadura, donde asistían todas las escuelas, agrupaciones, policías, militares, cuadras y cuadras caminando en perfección. Era prohibido el pantalón por lo que las nenas moríamos de frío con cancan azules, era prohibido faltar, reir, mirar al noviecito, encontrarse con la mirada del otro. Uf. Por suerte hay otra foto: mi hijo de 8 años tocando el himno con la flauta vestido de gauchito. En esa misma época me dí cuenta que ya no podría dejar de llorar nunca más en los actos escolares. La catarata de llanto fue incontenible y por suerte tuve al lado a alguien que me alcanzó un pañuelo. Otra más reciente: mi nieto de 6 años vestido de gauchito bailando un chamamé en el acto escolar. Ya habían pasado 20 años del acto anterior, tiempo suficiente para aprender a no maquillarme para los actos, llevar pañuelo y sacarme las fotos a la entrada.
Volvamos al N° 1 que, sin lugar a dudas, fue el 9 de
Julio que pasamos en Tucumán. En la ciudad que fue cuna de la proclamación de nuestra
independencia, la intensidad de la celebración fue inconmensurable. El locro,
ya lo conté, fue un potaje de los dioses. El mate debió prepararse con una
hojita de coca en el agua para poder sobrevivir las varias horas de viaje y festejo, por
lo que a la noche no podía siquiera cerrar los párpados. Aun con los ecos de la
música pegados en mis oídos, tomé un tecito de manzanilla, tilo y melisa, muy
reconfortante. Aunque la tentación de desenvolver unos bombones de azúcar de
caña, mistol, cayote, dulce de leche, muy populares y recién comprados en la
feria, no ayudaron a dormir pronto.
En el devenir de los recuerdos de las fiestas patrias
transcurridas hay un hilo conductor que es la calle y mi gente atravesada por los
mismos ritos que se van repitiendo por generaciones y que los ahondamos en algún
lugar de nuestro cuerpo. Queda la escarapela tatuada, la chacarera que agita corazones
y que explota en palmas, el mate que pasa de mano en mano como una bebida que une
y que te hace comulgar con el prójimo.
La cultura argentina te envuelve, te embandera, te hace
mirar al otro de frente, pasarle una sonrisa, un asombro, un envite, un
silencio, una admiración, una proclama, una querencia que sabe a patria. A nada
más que patria.
Por estos días, diseñé un nuevo topping para el mate, que es el que estoy tomando ahora mientras escribo estas líneas, que hube en llamar Juremos con gloria vivir, y que contiene escamas de coco, ramitas de canela, hojas bien criollas y nutritivas: diente de león (taraxacum officinale), sietevenas (plantago lanceolata) y llantén (plantago mayor), y muchas flores sanadoras: achicoria, alfalfa, rosa y caléndula. Tiene una composición muy aromática y sabe a infancia. Es un pequeño jardín emplazado en el mate.
Las hojas y flores vienen de huerta propia. Cuando se siembra, no sólo se coloca una semilla en la tierra, se infunde ilusión y deseo, se riega, cuida y mima, también se espera el brote y admira el crecimiento. Y luego de todos los actos de amor y fe que se ven cumplidos, se cosecha separa y seca; y también se clasifica y almacena con ternura y aplicación. Cada momento es importante y la suma de todos esos momentos que duran todo un año son un resultado increíble de riqueza. Tesoros de la tierra que son un escudo, protegen y dan salud.
Este blend es un mix para homenajear a nuestros héroes de
Independencia que dieron su vida por nosotros y siento que nos traspasaron su
vida que hay que sostener y seguir defendiendo con iguales ideales. Es una
necesidad latente de creer en un mundo mejor y no defraudar los sueños de
nuestros próceres. Suena a promesa y a esperanza, a compromiso con uno mismo y
con el otro. Es una celebración.
Ponemos la pava una y otra vez. Escuchamos esta hermosura de fondo...el fogón es para hacer rueda como hacían los antiguos. Contar historias, pasar el mate y mirarse.







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