De puertas e inmigrantes, mis abuelos. Libre de pecado
Esta es la puerta de entrada de la casa de mis abuelos y
que después fuera de mi madre y más tarde mía porque allí nací. Dejé a la vista
los blancos que pintó mi mamá y los grises más viejos que marcan una geografía
desconocida, mapas que señalan los mares heredados. El roble más abajo lleva en
su cuerpo la huella oculta de olores, sabores y sonidos y el eco aun ardiente
de historias imprecisas.
Un día, mi mamá decidió vender la casa de sus padres. La
compraron mi mejor amiga Viqui y su esposo Seba. Fue ella quién descolgó esta
puerta de entrada, la puerta de mi cuarto, una viga de pinotea, y varias
persianas de las ventanas; embaló y envío a mi casa, al sur. Y en mi casa se
convirtieron en objetos de valor. Están en mi jardín y en el local, abriéndome,
habitándome.
Mis abuelos llegaron de la antigua Checoslovakia, el 18
de abril de 1931. Fue en esa oleada de inmigrantes obstinados en celebrar la
vida, que desembarcaron, tenaces y convencidos en un sol que siga saliendo y en
un mundo que siga andando. Antón de 28 años junto a Elizabeth, fueron
levantando su propia casa, a las afueras de Buenos Aires, después de la hora
del trabajo y los fines de semana. En un álbum de fotos, de los que tienen el
celofán para proteger, los veo en el pórtico con un bebé en brazos. Tuvieron
tres hijos argentinos. Escucho con mis ojos sus voces con acentos trabados y las
de los vecinos, cocoliches, lunfardos, mezcla de palabras extranjeras. En la
misma puerta, otra foto el día del casamiento de mis padres. Todo el barrio se
pobló de inmigrantes que hicieron más o menos lo mismo: familia, casa y trabajo,
que sintieron algo parecido a la felicidad aún cuando su vida antigua aparecía
como un manantial instalándose en la nueva.
Un día, muchos años después y acá en el sur, vino a
visitarnos Rosita con sus hijos, una vecina amiga de aquel barrio. Recuerdo
esta charla de sobremesa: -Te acordás Evita, la primera vez que nos vimos? Una
a cada lado del alambrado que teníamos por cerca, yo te hablaba en italiano y
vos en checo. Estuvimos así horas! Menos mal que después nos mandaron a la escuela!
Mi mamá tuvo una madrina española que habrían de conocer
en el barco y cuando su mamá enfermó de nostalgia fue cuidada por los nonos, un
matrimonio italiano sin hijos. Muy pronto se completaría el crisol con una
familia polaca, de donde encontraría mi padre a su mejor amigo, y de donde
cosecho la anécdota de que “La Polaquita” tenía enmarcado en el living al
General Perón porque la había salvado de un prostíbulo del norte al que la
habían llevado engañada cuando bajó del barco. Y otra familia alemana de la que
tengo la anécdota del niño robusto al que dejaban 10 días de ayuno para que
comiera con ganas.
Mi puerta tiene la llave de los comienzos y de los
finales. Soy la descendiente de estos aventureros. Soy la que junta, pega,
construye, cose, borda, teje, escribe, guarda, cocina, pinta, siembra, toca
música, lee, hace tés, licores, sidra, vinos. Tengo la llave de esta puerta,
como quien porta una lejana joya de familia o un amuleto contra el olvido.
De mi abuelo Antón saqué mi amor y mi curiosidad por la
química desatados en mi mundo de bebidas, tanto en los aromas como en las
composiciones, tanto en la magia de los colores como en el diseño de los sabores.
Él era minero pero en Buenos Aires trabajó en una curtiembre donde fue el
maestro de teñido de los cueros. Aun conservo una botella con un letrero que
dice “añil” con un perseverante líquido color azul del que tenía pintada la
pared de la cocina y que llevé en mi inconsciente durante años hasta que lo
recordé este año cuando pinté mi patio. Heredé una jarra enlozada del mismo
color que alguna vez llené con el mate cocido más exquisito que hubiera
imaginado. Mi tío me contó que él hacía un licor de mandarinas que más de una
vez pensó que era su arma de seducción. Copié su receta para hacer mi
lemoncello y luego utilicé las mismas técnicas para hacer infusiones complejas.
De mi abuela saqué un eterno aire melancólico ante la
poderosa tensión entre las guerras del tiempo y el deseo fugitivo de un
presente pertinente. Heredé los saberes de sus tejidos y bordados impecables que me infundieron la
calma del suspiro y la paciencia. Lo suspendido que se atrapa. Lo desprendido
que se aferra.
En ocasiones, sobre todo en época de rosas y limones, mis
abuelos traspasan la puerta y se dan cita en mi mesa del patio. Entonces sirvo un
té helado en copas de bohemia. Libre de pecado: infusión de rosa
mosqueta, trocitos de frutilla deshidratada, flores de hibiscus, ramitas de
canela, semillas de cardamomo, clavos de olor, paciencia, tiempo y pasión. Es una ofrenda. Es
una bebida seductora, fucsia, atractiva, brillante. Es también fresca, frutal,
especiada y ácida. Es especial para celebrar la riqueza que viene de la tierra
y el espíritu de los que supieron sostenerla. Brindamos y celebramos la vida. Y
sin embargo.
Dejo para escuchar...tan de la época
Martynas Levickis y David Garret










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