Estampilla atesorada con sabor a té criollo misionero.
Esta estampilla guardada en algún cajón de mi casa y
encontrada sin querer, me hizo revolotear de alegría como si fuera una abeja. ¿Cómo
anduvo dando vueltas como una joyita desde 1978?
Por esos años se emitieron estos sellos postales con dibujos botánicos. Este es de la planta de té, dice Thea sinensis y formó parte de la serie de plantas de agricultura argentina, en que se incluyó el té, el olivo, el sorgo y el lino.
Acerca de la historia del té en Argentina, sé que se
inició en Misiones, en la zona de Tres Capones, en 1923. Y hay dos testimonios
geniales que tienen algo de leyenda. El primero se remite a Wladimiro Hnatiuk, un
inmigrante, que al extrañar el té de su Ucrania natal, le pidió a su hermano Tijon,
que era sacerdote, que en el ruedo de su sotana, trajera semillas de té desde
Paraguay. Las plantó alrededor de su casa y luego multiplicó en su chacra
próxima. ¡Amo el sentimiento contrabandista de los religiosos! Así ocurrió con
los monjes budistas que llevaron semillas de té desde China a Japón.
La segunda historia, ocurrida en el mismo lugar y el
mismo año dice que las semillas se trajeron desde Georgia (nación que fuera
parte de Rusia hasta 1991 en que se declaró país independiente). No hay fuentes
de quién o cómo pero es posible que así ocurriera porque la zona se había
poblado de colonos rusos, alemanes, sirios, polacos, ucranianos, la mayoría
dedicados a la agricultura familiar al principio y luego extendiendo el
sembradío de chacras con algún cultivo sustentable.
El té se extendió lenta pero progresivamente durante los siguientes 20 años, abarcando el norte de Corrientes. Recién en 1943 se construyó la primera planta, secadora y elaboradora de té.
En aquellos tiempos, la demanda de té era satisfecha por
el mercado externo: El famoso té de Ceylón. Quienes tomaban té eran los
estratos sociales de mayor poder adquisitivo. Entonces ocurrió lo impensado: en
el año 1952, el gobierno nacional restringió el giro de divisas para la
adquisición de bienes suntuarios (entre los que se encontraba el té) y esto
alentó a los tealeros a plantar muchas hectáreas de té. En esa época llegaron a
32000 a un ritmo vertiginoso que no permitió seleccionar las mejores plantas
semilleros. Pasaron varias décadas hasta que se promovieron programas de
mejoramiento genético, buscando la selección y difusión de cultivares o clones
superiores a los existentes, en resistencia, adaptabilidad y rendimiento, de la
mano de técnicas modernas de biología molecular. Aquí es crucial la función del
Inta (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) Estación Experimental Cerro
Azul.
Hoy el 92% de la producción está destinada a la exportación, en su mayoría a Estados Unidos para la elaboración de bebidas frías. Se aprecia el color dorado rojizo brillante y atractivo. Con este número deducimos que los argentinos somos poco tomadores de té. Y es totalmente cierto porque gana lejos el mate con un consumo de yerba mate de 8 kilos per cápita anuales.
En el 2024 el té argentino obtuvo el sello de indicación geográfica por lo que es la región productora más austral del mundo, ubicada entre 26° a 28° latitud sur.
Preparo mi té, al que llamo “criollo”, de hebra corta, elaboración mecanizada, muy aromático, venido de Misiones de la Cooperativa Agrícola Ltda. Ruiz de Montoya, cuya marca es Tucanguá. Este establecimiento produce té y yerba mate desde 1953 y congrega a 157 productores con campos certificados orgánicamente. El emblemático té del tucán que elegí es té negro, y lo he blendeado con cascarilla de cacao, manzanilla, cascaritas de naranja, mandarina y pomelo; flores de lavanda, clavo, ramas de canela, y escamas de coco. Lo llamé Amor de mis Amores.
Cuando en 1996 viajé por primera vez, lo traje en una
cajita de madera, cual tesoro guaraní escondido en la selva que es ofrendado a
una princesa tehuelche de la Patagonia. Sí, aún conservo la caja que vuelvo a
rellenar para mimar mi corazón. Sigue manteniendo la calidad con los años y un
sabor profundo a buenos recuerdos.
Cuando uno pisa la tierra roja de Misiones, plagada de humedades,
impregnada de aroma a madera y minerales, queda con el corazón extasiado. Todo
nace y todo crece. Late verde y llueve calentito. El agua cae del cielo y
vuelve a brotar de la tierra, borbotea rojo vivo. Las líneas de té ondulantes
como serpientes llegan hasta el horizonte. Más allá se mezclan con el cielo receloso
de soles, siempre amagando con ganas de estallar en chubascos. Se escuchan
zumbidos de insectos y corrientes de agua que van haciendo escándalo, y también
un arpa si uno se porta bien. Cerca del Paraná se extiende la selva como una
lengua que quiere atraparme. Para que quede mi alma. Para que siempre vuelva a buscarla y
me emocione como la primera vez. Y sin embargo.
Estampilla argentina
Dibujo botánico - Té (Thea sinensis)



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