Recordaré tu boca. Ceylón en Chos Malal
El norte neuquino es de una belleza increíble a la que se
suma la sencillez del gesto amable de su gente. Todo es profundo porque se ve
desde alturas: desde la vastedad del paisaje a la inmensidad de la palabra que
hace rodar historias infinitas. De paso por la que fuera la primera capital del
Territorio del Neuquén, Chos Malal, visité un almacén de ramos generales
devenido en museo.
Mientras sacaba estas fotos me contaban de la importancia de este lugar por el 1900, cuando fuera paso de cuatreros y contrabandistas, - Porque vió qué cerca que estamos de la frontera. – Acá no muy lejos se desbarató al ejército de los hermanos Pincheira. Ostentaba una posición geográfica estratégica en la confluencia de los ríos Neuquén y Curí Leuvú. Pero no duró mucho la capitanía ya que fue cambiada prontamente por la ciudad de Neuquén en otra confluencia, la de los ríos Limay y Neuquén, que convinieron que era aún más estratégica.
Allí en el almacén museo descubrí este cartel
enlozado, Té Superior de Ceilán Santa Rosa el mejor del mundo, que para 1900
era todo un lujo. Todo, de verdad todo: el té (piensen lo lejos que está Ceilán
de Chos Malal, en km y en tiempo de viaje) y la oportuna y bella publicidad
puesta en ese cartel. Inauguré el eslogan: “Los objetos que quedan nos dicen
cosas”, es decir, nos cuentan muchas historias.

Acá se vienen las historias paralelas en el tiempo:
Tan sólo unos 3 años antes de la fundación de Chos Malal,
en el viejo mundo, tendría lugar un fabuloso lanzamiento del producto, té de Ceilán,
a todo rabiar, que hoy denominaríamos tremendo marketing:
-En 1884 el té de Ceilán se presentaba en las ferias
agrarias en Londres.
-En 1891 las familias nobles, de corona, de todo Europa
recibían un cofrecito con té de Ceilán acompañado con un álbum de fotos.
-En 1900 se presentaba en una Exposición en París…
Pero antes tengo que contar que Ceilán, Ceylán o Ceylon
fue llamada así por sus colonizadores: primero, portugueses; segundo,
holandeses y tercero, ingleses. En 1948
se independizó de éstos, pero recién en 1972 cambió su nombre por Sri Lanka. Y
es la isla con canelos y cardamomos autóctonos que está al sureste de India (la
lágrima de India) y que claramente tiene una posición estratégica para el comercio
marítimo.
En el Museo del Té, cerca de Kandy, en el corazón de Sri
Lanka, última capital de los reyes, también se encuentra un objeto que nos
cuenta cosas. “A plate used by him/Un plato usado por él”, dice un cartel. Él
es el héroe de la isla. Es James Taylor, un escocés que con tan sólo 16 años
comenzó a trabajar la tierra y reconvertir las plantaciones de café (que habían
sufrido una plaga) por plantaciones de té. Sabía hacerlo, aprendió en Assam, y
el clima y la altura fueron perfectos. Supo secarlo y elaborarlo. Envió el té a
la subasta de Londres en 1873, que encantó, se vendió todo y a partir de allí
no dejaron milímetro de isla sin plantar ni kilo de té sin vender. Amado aún
hoy, por la cantidad de mano de obra por contratos que otorgó y por el impulso
marketinero que conté en párrafo anterior, y por supuesto por el alza en las
ganancias económicas que no tenían comparación con ninguna otra colonia. Y
semejante amor, por supuesto, es insostenible por los poderosos que en breve lo
trataron de expulsar, dejándolo pobre y enfermo. Murió resistiendo, convertido
en héroe nacional.
El té que hoy sale de la isla tiene que reunir determinadas características y un estricto control de calidad para salir con la estampilla del León, que aprueba que es de Ceylón puro. Dice de qué fábrica proviene, y la altura de la plantación: alta 1200 a 2000 m, media 600 a 1200 m o baja 450 a 600 m. Y cada uno tiene sus virtudes.
¿Qué tipo de té habrá llegado a Chos Malal? Seguro aromático,
negro, de hebras largas, color oscuro. ¿Se tomaba con leche, con azúcar? ¿Qué
mesas habrá engalanado? En Sri Lanka, el thay (té) es tan fuerte y concentrado
su sabor, que antes de tomar un sorbo hacen un lametón de azúcar de la palma de
la mano. En la época de monzones, de viento y lluvias torrenciales, las
cosechadoras de té, todas mujeres, tienen un descanso. Similar pausa al que
deben hacer los arrieros de ovejas, todos hombres, durante el invierno que
surca nuestra Cordillera del Viento, plena de nieve y vientos. Ese respiro que
nos da la naturaleza nos devuelve la fuerza, el equilibrio, la memoria de la
calma y la identidad. Nos recuerda siempre de dónde venimos. En esta calma se
traman los relatos que hoy contamos, alrededor de una taza o un jarrito lleno
de té.
Mi escritorio tiene un blend con té de Ceylon, cascarilla
de cacao, hojitas de menta, flores de manzanilla y un toque de vainilla en rama.
Y lo llamé Recordaré tu boca. Este té es aromamor por excelencia.
Sabortequiero. Puroplacer. Un recuerdo recorre mi cuerpo. El sabor de una tableta,
de un cuadradito de chocolate finito relleno de crema de menta que se llamaba
After Eight. Se vendía en un almacén de ramos generales. Este té es una
invitación a apimpollarme, a acurrucarme en una taza de té, cerrar los ojos,
evocar un recuerdo, reconocerlo, atraparlo, reconocerte, atraparte, recordarte y
recordarme cómo era antes de aplastar ese chocolate mentolado con mi lengua, o
antes de recorrer tu lengua por toda mi boca plagada de recuerdos. Reírte y
seguir. Y sin embargo.


.jpeg)



Comentarios